sábado, 15 de octubre de 2016

DISPENSADORES DEL PERDÓN Y LA MISERICORDIA DE DIOS

 LA CONFESIÓN EN EL AÑO DE LA MISERICORDIA

A). Introducción: Una tarea urgente.

Uno de los pilares fundamentales en la vida de todo sacerdote es la vivencia del perdón, recibido y concedido. El presbítero ante la inmensidad de la gracia de la que es depositario desde el momento de su consagración, está llamado a ser dispensador del perdón de Cristo.  Nuestra Iglesia está cobijada a la mirada protectora de San José, quien después de la Virgen Santísima, es “el más apreciado de Dios para impetrar las divinas gracias a favor de sus devotos” (San Alfonso María de Ligorio), una de las cuales es, sin lugar a dudas, el arrepentimiento, la absolución y la vida penitente, espiritual y físicamente entendida. Aquel espíritu de penitencia que nos habla la Escritura, y que en el oficio solemos repetir: “un corazón quebrantado Tú no lo desprecias, Señor” (Salmo L), es la gracia necesaria para nuestro tiempo, donde la culpabilidad se diluye en justificaciones naturalistas que terminan esterilizando, sino castrando la posibilidad de una verdadera conversión.

Toda nuestra vida, sea en los años de seminario, en un convento, y luego, en el ejercicio del ministerio, está marcada por una verdad,  que debería hacernos –simplemente- temblar por su grandeza: millares de conversiones, confesiones, reconciliaciones, pasarán por lo que buenamente hagamos, y con nuestras negligencias –quizás- serán causa de provocar numerosas condenaciones. Guiovanni Guareschi es el autor de una serie de novelas que posteriormente se llevaron al cine, en la década del cincuenta. Relata la vida de Don Camilo, sacerdote de un pueblo italiano de Brescello, en la región de Reggio Emilia luego de guerra, que constantemente entra en conflicto con el alcalde de la localidad, de profesión mecánico y activo militante de la hoz y el martillo. Lo importante es cómo hablaba con Jesús, cuya imagen pendiente sobre el altar le hablaba “de tú a tú”.  En una oportunidad ante la dureza de trato que había tenido aquel  hombre de hábito talar con unos feligreses, le recuerda “si se condenan, será en parte, tu responsabilidad”, por lo que, el empeñoso párroco termina accediendo a la solicitud hecha por Don Pepone, el alcalde de la ciudad.

En muchas ocasiones, escucharán hablar de “responsabilidades”, “encargos”, “tareas y servicios”, más, dichas realidades –importantes- ciertamente, en el caso del sacramento de la confesión, es de trascendencia prioritaria. No puede quedar relegado a un aspecto añadido o accesorio, que pueda estar o no. Ningún consagrado puede marginarse ni marginar en su obrar pastoral del sacramento de la confesión, porque ello implicaría mutilar la voluntad salvífica de Cristo, que instituyó dicho medio de salvación para darnos su perdón.

 

Muchos males del mundo realmente existen por ausencia del sacramento: el sacerdote puede tener horarios de confesiones, ello es oportuno y adecuado, pero debe estar pronto a cualquier hora, tal como en el caso de los enfermos, para administrar dicho medio salvífico, teniendo presente que con la premura y disponibilidad que se tenga, las gracias concedidas por el Señor serán mayores.  En realidad, el criterio de la extremaunción y confesión indica que deberían  ser tenidos como equiparable: ambos son igualmente necesarios, ambos dan gozo en los cielos, pues “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos” (San Lucas XV, 3). Cuántas serán las bendiciones que Dios concederá a un sacerdote que al estar pronto en el perdón, es capaz de saca una sonrisa a Dios.

B). El sacerdote debe rezar por la conversión de sus fieles.
El camino de la mediación del sacerdote, es prefigurado en el Antiguo Testamento. Grandes profetas y reyes, hicieron penitencia para obtener, de parte de Dios, el perdón necesario para su pueblo. La oración perseverante de Moisés obtuvo la fuerza de los suyos encabezados por Josué (Éxodo XVII, 8-13). La fortaleza en el combate, para conquistar una ciudad, bien podemos entenderla –también- desde la victoria de una virtud. Importante puede ser haber vencido una ciudad agresora del pueblo amalecita; mayor mérito tiene el haber vencido una tentación a fuerza de la virtud.

El profeta Jonás para alcanzar la conversión y el perdón de los habitantes de Nínive –capital de asiria- debió hacer,  él y todos sus habitantes, mucha  penitencia física, que siempre es grata a Dios, porque configura a los sufrimientos de su Hijo Unigénito en la Cruz. Por aquellos días, dice la Escritura: “Vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: « ¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistie­ron de saco, grandes y pequeños. Llegó el mensaje al rey de Nínive; se levantó del trono, dejó el manto, se cubrió de saco, se sentó en el polvo y mandó al heraldo a proclamar en su nombre a Nínive: «Hombres y animales, vacas y ovejas, no prueben bocado, no pasten ni beban; vístanse de saco hombres y animales; invo­quen fervientemente a Dios, que se convierta cada cual de su mala vida y de la violencia de sus manos; quizá se arre­pienta, se compadezca Dios, quizá cese el incendio de su ira, y no pereceremos.» Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compa­deció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó” (Jonás III, 1-10)

                                                                
El sacramento de la confesión es “uno de los tesoros preciosos de la Iglesia, porque sólo en el perdón se realiza la verdadera renovación del mundo” (15 de Mayo del 2005). En efecto, acudiendo al perdón de Dios se aprende también a pedir perdón a los demás y a perdonar; a encontrar la paz interior y promover la paz exterior. Condiciones, todas ellas, que permiten aportar un granito de arena en la construcción de un mundo mejor, sin escepticismos ni ingenuidades. En verdad, el sacerdote es importante no sólo por lo que  hace sino, sobre todo, por lo que es, vale decir: un dispensador, repartidor del perdón de Dios, que no sólo lo hace en representación de un tercero, sino a nombre de quien hace las veces como otro Jesús.

Al actuar in persona christi implica procurar ser a la vez: Padre, médico, doctor, y juez. Hermosa meditación es la que Juan Pablo Magno dirigió a los religiosos en Italia: “Como padre, acogerá a los penitentes con amor sincero, manifestando una comprensión mayor a los que hayan pecado más, y después los despedirá con palabras impregnadas de misericordia a fin de alentarlos  a volver al camino de la vida cristiana. Como médico, deberá diagnosticar con prudencia las raíces del mal y sugerir al penitente la terapia oportuna, gracias a la cual pueda vivir conforme a la dignidad y a la responsabilidad de persona creada a imagen de Dios. Como maestro, buscará conocer a fondo la ley de Dios, profundizando los diversos aspectos con el estudio de la teología moral, de manera que no dé al penitente opciones personales, sino lo que el magisterio de la Iglesia enseña auténticamente. Como juez, en fin, practicará la equidad. Es necesario que el sacerdote juzgue siempre de acuerdo con la verdad, y no según las apariencias, preocupándose por hacer comprender al penitente que en el corazón paterno de Dios hay lugar también para él” (12 de Noviembre de 1990).

Uno de los profesores que encontré más “novedoso” por el método de enseñanza en la época escolar, fue el de música. Hacía escuchar obras completas mientras él iba actuando o gesticulando la música. Una de esas obras fue la “Obertura 1812” que se ha convertido en pieza obligada del repertorio orquestal y de la historia musical rusa. Fue compuesta por encargo de Antón Rubinstein para ser interpretada en una exposición en Moscú, por lo que el autor elige el tema patriótico de la resistencia de su país frente a la invasión napoleónica. En la obra podemos oír fragmentos del himno francés, La Marsellesa, y una verdadera descripción sonora de una batalla, con sus ataques de la caballería y el combate cuerpo a cuerpo. De fondo siempre parece surgir la misma melodía. 

Lo anterior me hace recordar que, para lograr la perfección sacerdotal aquellos sacerdotes que han alcanzado la santidad y que nuestra Iglesia nos presenta como modelos a imitar, tuvieron en común, como en una sinfonía de virtudes, una “melodía de fondo” que les acompañó a lo largo de toda su consagración y ministerio, fue su dedicación y opción preferencial a la confesión sacramental. Permítanme recordar a algunos de ellos: el Padre Pio de Pietralcina, El Santo Cura de Ars, San Alfonso María de Ligorio y San Alberto Hurtado Cruchaga.

C). Largas horas de confesionario para alcanzar una eternidad.

1. El Padre Pío de Pietralcina  fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración de  la confesión sacramental. El ministerio del confesonario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de San Giovanni Rotondo. Aunque aquel singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, estos, tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental. Dios permita que su ejemplo anime a todo nuevo consagrado, a prepararse con diligencia y santidad, al examen de “Ad audiendas confessiones” para que en el futuro puedan desempeñar con alegría y asiduidad dicho ministerio, tan importante para la vida actual de la Iglesia y su futuro mismo.

2. En cierta ocasión, a un abogado de Lyon que volvía de Ars, le preguntaron qué había visto allí. Y contestó: “He visto a Dios en un hombre”. Esto mismo hemos de pedir hoy al Señor que se pueda decir de cada sacerdote, por su santidad de vida, por su unión con Dios, por su preocupación por las almas. En el sacramento del Orden, el sacerdote es constituido ministro de Dios y “dispensador de sus tesoros”, como le llama San Pablo. Estos tesoros son: la Palabra divina en la predicación; el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que dispensa en la Santa Misa y en la Comunión; y la gracia de Dios en los sacramentos. Al sacerdote le es confiada la tarea divina por excelencia, “la más divina de las obras divinas”, según enseña un antiguo Padre de la Iglesia, como es la salvación de las almas que se juega, por decir de alguna manera, en el sacramento de la confesión, toda vez que su adecuada y asidua recepción, conduce necesariamente a una vida más virtuosa.

3. “Listo para el combate” significa el nombre de Alfonso. Fue el que colocaron al niño recién nacido,  hijo de  José de Ligorio y Capitán de la Armada naval, y  Ana Cabalieri.  A los dieciséis años, caso excepcional, obtiene el grado de doctor en ambos derechos, civil y canónico, con notas sobresalientes en todos sus estudios. Para conservar la pureza de su alma escogió un director espiritual, visitaba frecuentemente a Jesús Sacramentado, rezaba con gran devoción a la Virgen y huía como de la peste de todos los que tuvieran malas conversaciones. A sus compañeros de curso les repetía con frecuencia: "Amigos, en el mundo corremos peligro de condenarnos". Una vez que tuvo el llamado al sacerdocio, y habiéndose preguntado que quiere Dios de mí, dijo a su padre, que lloroso le escuchaba: “Padre, el único negocio que ahora me interesa es el de salvar almas". Su obra en la formación de la conciencia moral ha resultado de gran importancia para la vida de la iglesia, y uno de sus más reconocidos trabajos fue  “Guía para confesores”, en parte del cual señala que: “El confesor tiene que curar todas las llagas del pecador... En una palabra: debe ser rico en amor y suave como la miel. Así, es el Evangelio”.

Los efectos que tiene un sacerdote negligente en materia de confesión y los pecados mismos cometidos por el confesor tiene repercusiones muy hondas, que el Doctor en Moral no ahorra detalle en hacer destacar a cada confesor: “Mirad sacerdotes míos, que los demonios se esfuerzan por tentar a un sacerdote que se condena arrastra a muchos tras de sí. El Crisóstomo dice: “Quien consigue quitar de en medio al pastor, dispersa todo el rebaño; y otro autor dice, con matar más a los jefes que a los soldados; por eso añade San Jerónimo que el diablo no busca tanto la perdida de los infieles y de los que están fuera del santuario, sino que se esfuerza por ejercer sus rapiñas en la Iglesia de Jesucristo, lo que le constituye su manjar predilecto, como dice Habacuc. No hay, pues, manjar más delicioso para el demonio que las almas de los eclesiásticos”. Como consagrado debemos recibir con frecuencia el sacramento de la confesión para aliviados, aliviar; sanados, sanar; limpios, limpiar, perdonados, perdonar, tal como rezamos las palabras que Jesús nos enseñó: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos”.

4. La sociedad en que estamos inmersa es una cultura marcada por la hipocresía, en efecto, es permisiva, aplica frecuentemente el criterio de “laissez faire, laissez passer” pero una vez que la persona ha seguido dicha pseudo libertad, que está sumergida en el lodazal del pecado, se le cierran las puertas, se le excluye, y se deja afuera. Por esto, San Alberto Hurtado decía: “El mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo”. El sacerdote debe tener una actitud permanente de acogida hacia el pecador, tal como nuestro Señor no escatimó esfuerzos en a salir en búsqueda de la oveja extraviada. San Alberto Hurtado al salir a buscar a los menesterosos niños y ancianos en las riberas de los esteros, nos enseña a accionar la parábola de la misericordia, particularmente la del Hijo Pródigo. Ni el horario, ni la jurisdicción territorial pueden anteponerse a la necesidad de dar el perdón a quien lo requiere.  Nuestro Santo hace una lista acuciosa para examinarnos si estamos dejándonos seducir por el insano activismo en nuestra vida.

“Creerse indispensable a Dios. No orar bastante. Perder el contacto con Dios. Andar demasiado a prisa. Querer ir más rápido que Dios. Pactar, aunque sea ligeramente, con el mal para tener éxito. No darse entero. Preferirse a la Iglesia. Estimarse en más que la obra que hay que realizar, o buscarse en la acción. Trabajar para sí mismo. Buscar su gloria. Enorgullecerse. Dejarse abatir por el fracaso, aunque no sea más más que nublarse ante las dificultades. Emprender demasiado. Ceder a sus impulsos naturales, a sus prisas inconsideradas u orgullosas. Cesar de controlarse. Apartarse de sus principios. Trabajar por hacer apologética y no por amor. Hacer del apostolado un negocio, aunque sea espiritual. No esforzarse por tener una visión lo más amplia posible. No retroceder para ver el conjunto. No tener cuenta del contexto del problema. Trabajar sin método. Improvisar por principio. No prevenir. No acabar. Racionalizar con exceso. Ser titubeante, o ahogarse en los detalles. Querer siempre tener razón. Mandarlo todo. No ser disciplinado. Evadirse de las tareas pequeñas. Sacrificar a otro por mis planes. No respetar a los demás; no dejarles iniciativas. No darles responsabilidades. Ser duro para sus asociados y para sus jefes. Despreciar a los pequeños, a los humildes y a los menos dotados. No tener gratitud.  

Ser sectario. No ser acogedor. No amar a sus enemigos. Tomar a todo el que se me opone como si fuese mi enemigo. No aceptar con gusto la contradicción. Ser demoledor por una crítica injusta o vana. Estar habitualmente triste o de mal humor. Dejarse ahogar por las preocupaciones del dinero. No dormir bastante, ni comer lo suficiente. No guardar, por imprudencia y sin razón valedera, la plenitud de sus fuerzas y gracias físicas. Dejarse tomar por compensaciones sentimentales, pereza, ensueños. No cortar su vida con períodos de calma, sus días, sus semanas, sus años” (San Alberto Hurtado Cruchaga, Reflexión personal escrita en noviembre de 1947).

Si el anterior texto nos lleva a constatar que el estado de nuestra alma resulta calamitoso, hemos de confiar en todo momento en la bondad de Dios que siempre es más que nuestro pecado. ¡Dios siempre puede más! Así nos enseña San Alberto Hurtado: “Donde hay misericordia no hay investigaciones judiciales sobre la culpa, ni aparato de tribunales, ni necesidad de alegar razonadas excusas. ¡Grande es la tormenta de mis pecados, Dios mío! Pero, ¡mayor es la bonanza de tu misericordia!”.

La vida de la Iglesia ha estado marcada por este precioso camino que la misericordia de Dios ha querido legarnos bajo la cercanía de nuestros sacerdotes. En los primeros años de vida de la Iglesia es que ellos entendieron este sacramento: “Muchos de los que habían creído venían a confesar todo lo que habían hecho" (Hechos de los Apóstoles  XIX, 18). Hoy, el mundo necesita que reavivemos el fuego del perdón de Dios, en primer lugar, recibiéndolo cada uno de nosotros con la frecuencia y devoción debida, sabiendo que si alguien requiere de él, es el propio ministro que debe procurar tener un alma limpia para transmitir lo más fidedignamente la bondad de Dios que subió a la cruz para darnos su perdón.

En el presente somos administradores en el sacramento de la confesión, que ahora podemos beber como fuente de salvación: “El sacramento de la reconciliación es la historia del amor de Dios que nunca nos abandona” (Cardenal Donald Wuerl). ¡Que Viva Cristo Rey!

PADRE JAIME HERRERA  GONZÁLEZ SACERDOTE DIÓCESIS DE VALPARAÍSO / CHILE


viernes, 3 de junio de 2016

Afiche actividades mes de Junio 2016

            
                                      

                               

lunes, 21 de diciembre de 2015

Jesús es camino, verdad y vida

 HOMILIA PRIMERA COMUNIÓN SAINT PETER’S  DICIEMBRE 2015.



Cercanos a celebrar la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, nos reunimos en este tradicional templo para participar en la Santa Misa donde un grupo de alumnos del Colegio Saint Peter’s recibirá a Jesús sacramentado por primera vez.

Numerosas e ininterrumpidas generaciones de alumnos del Colegio han recibido a Jesús Sacramentado en este lugar sagrado, las últimas  seis décadas. Vuestra entusiasta presencia hoy, confirma y acrecienta el espíritu confesional del estableciendo, reconocido como Colegio de Iglesia desde 1993, y que está cercano a cumplir,  en sólo tres años más, un siglo de existencia. Esto, nos hace considerar que –Dios mediante- formarán parte de la generación centenario, lo cual implica, a la vez,  bendiciones y responsabilidades
                                                                                                                                                          Es un día lleno de fe, lleno de alegría,  y de esperanza sustentada en la presencia del Señor que viene en su alma y cuerpo cada vez que comulgamos. Verdaderamente como enseñó el apóstol San Pablo “comemos y bebemos el precio de  nuestra redención”. Nada más noble que podamos recibir, nada más edificante en que podamos apoyarnos, y nada más verdadero que nos pueda iluminar.
Jesús es el Camino, la verdad y la vida, para nosotros y para la sociedad.

a). Jesús es el Camino: A la edad de ustedes –queridos alumnos- el salir a caminar entraña –esencialmente- la dimensión de aventura. De ir en busca de lo que nadie ha descubierto, que es capaz de sorpréndenos por la belleza del paisaje, y que por cierto,  encierra un dejo de  misterio, es decir, que excede nuestra capacidad de recorrer todo sendero, quedando algo por descubrir, y por lo tanto, invitándonos a regresar.

El “camino” fue uno de los nombres que Jesús refirió a si mismo. ¿Por qué lo hizo? A lo largo de su vida el hombre experimenta una realidad en cualquier parte del mundo donde viva. Percibe que su vida es transitoria: a este mundo vendremos, en este mundo estaremos y de este mundo partiremos, todo lo cual implica como el “seguimiento” de un camino.

Pero –también- existe la “peregrinación” donde muchos acuden a un lugar determinado con el fin de venerar la presencia de Dios, tal como acontece en el Santuario de Nuestra Señora de Lo Vásquez cada ocho de diciembre –en tres días más- o en el Santuario de Santa Teresa de Los Andes, al que concurren diariamente muchísimas personas para encomendarse a su protección. Notable testimonio de una religiosa de clausura que es capaz de mover la fe de tantos hacia su casa en los faldeos de Los Andes, lugar que ha sido descrito como la capital religiosa de Chile (Cardenal Ángelo Sodano).

El corazón de aquella joven  cobijó la certeza desde pequeña de seguir el camino trazado por el Señor para su vida, lo que le permitió llevar una vida “normal”, entendida como una vida de profunda cercanía con Jesús en la Misa dominical; una vida apostólica de avanzada, donde se esmeraba en procurar acercar a sus familiares y amistades hacia una vida cristiana más coherente; una acrecentada devoción a la Santísima Virgen María con la oración diaria del Santo Rosario, todo lo cual iba de la mano  con una actitud de saberse muy acorde con un espíritu de aventura, de realización con su familia, de sintonía con sus amistades, de gran espíritu deportista, practicando equitación, natación en el mar y hasta tenis, cosa que para las jóvenes su tiempo parecían como lejanas y hasta, en ocasiones  impropias.

Su vida cristiana fue un verdadero camino de perfección, donde el valor divino de lo humano le hizo transitar normalmente en su vida, sin pausas ni prisas indebidas, evitando ceder a la tentación del progresismo que consiste en idolatrar un avance permanente olvidando sus raíces, su origen y la experiencia pasada, cediendo a la tentación de pensar tan erróneamente que todo lo nuevo es bueno como lo pasado fue mejor.
Esto, produce un quiebre generacional que tiene como consecuencia que los miembros de la familia que son mayores y ancianos no parecen tener lugar en el horizonte existencial de las nuevas generaciones. Santa Teresa de los Andes supo seguir el camino de la integración, de la complementación por lo que se sentía tan cercana a sus padres y a su familia como a sus amistades. Es signo de madurez saber compatibilizar el cariño y el  tiempo dedicado a los padres como a las amistades; el saber vincular el tiempo del estudio con el del sano y necesario esparcimiento.
Esto último,  como saben,  incide fuertemente en la vida al interior del hogar, como a la vez puede ser  síntoma de sus fortalezas y debilidades. El Papa Francisco nos invita a ser peregrinos del diálogo al interior del hogar, especialmente a la hora de la comida, donde como familia nos podemos reunir: “Cuando los hijos en la mesa están pegados a la computadora, al celular, y no se escuchan entre ellos, esto no es familia, son jubilados” (12 de Noviembre del 2015).
Por ello, debemos dejar de lado todo lo que imposibilite la conversación familiar, aunque inicialmente ello, nos cueste algún sacrificio, el bien obtenido de estar en familia vale la pena hacer cualquier esfuerzo.
Así lo entendió Santa Teresa de Los Andes, quien supo compatibilizar su vida cristiana con su vida familiar, procurando ser camino creíble para sus amistades. En efecto, ella misma escribe que “he adquirido fama con mis tentaciones de risa. No hacemos otra cosa que bromear. En la mesa, era tanto lo que bromeábamos y nos reíamos, que a veces no podía comer. Y lo más trágico era que el padre que rezaba después de la comida, en la mitad del rezo no podía continuarlo de la risa, pues lo contagiábamos” (Carta Nº 43, Cunaco 20 de Noviembre de 1918).
Jesús es el único camino por el que podemos avanzar. Con esta expresión nos invita a seguirle para alcanzar la salvación.  Jesús es el puente que ha conectado definitivamente un extremo al otro: a Dios y el hombre de todos los tiempos, por medio de su gracia entregada en la Eucaristía, en ella, no sólo somos partícipes de una “bendición” sino el autor de toda gracia. Entonces, en este camino de retorno a la Casa de Dios Padre no estamos solos ni vamos a la deriva: Tenemos la certeza: ¡Cristo camina junto a nosotros siempre!
b). Jesús es la verdad: Una de las características más notables que posee toda persona es la necesidad de darse a conocer, de comunicarse  y de relacionarse con otras personas. !No somos islas! Nos damos cuenta día a día, que la palabra es un  don inmenso que poseemos y necesitamos. Por otra parte, es evidente que la palabra mal usada puede incluir una amenaza, una mentira, y una ofensa.
Por medio de una palabra el corazón puede alegrarse y confiar, una palabra tiene la capacidad de levantar al que está en el suelo, de despertar al que se ha dormido, de hacer reír a quien está triste. Por esto, la Santa Biblia nos enseña la unión que hay entre la palabra y la verdad, toda vez que,  al inicio del Santo Evangelio de San Juan leemos que “la Palabra vino a los suyos” (San Juan I, 11)  refiriéndose a Jesucristo que fue, es y será la Palabra definitiva de Dios Padre. ¡En Jesús Dios habló de una vez para siempre al mundo!
A esta edad deben ya aprender el valor que tiene decir la verdad siempre, evitando la mentira que afea nuestro corazón, haciéndolo vacilante y poco creíble cuando prometemos y no cumplimos, o cuando elevamos  juicios temerarios sin tener la certeza de lo que afirmamos. Por ello, quien recibe a Jesús en su corazón por primera vez, debe esforzarse por evitar toda expresión impropia y palabra soez que resulte tan impura como ofensiva.
La Palabra de Dios enseña que: “La mentira es una tacha infame en el hombre” (Eclesiástico XX, 26). Dice un antiguo refrán que “la mentira tiene pies cortos”,  lo cual significa que se le descubre con rapidez. Además, quien dice la verdad vive en paz;  la verdad libera, la mentira esclaviza puesto que cuando uno miente,  se avanza por el estresante sendero de ocultar lo debido, lo que es opuesto a mostrar con orgullo la verdad de lo que es. Cada creyente debe ser un servidor del esplendor de la  verdad.
c). Jesús es la Vida:  La realidad de lo que celebramos en cada Santa Misa dice relación con la muerte y la vida, pues, Jesucristo ofreció al Padre Eterno su propia vida por el camino de la Pasión y Muerte en la Cruz, de la cual salió victorioso al tercer día resucitado. Ello no sólo fue causa de alegría, sino también del crecimiento de la fe de sus discípulos quienes, como sabemos,  inicialmente se dejaron llevar por la melancolía y desesperanza durante los días que estuvo sepultado, mas, al tercer día, sus vidas se transformaron completamente al contemplar a Jesús  nuevamente vivo en medio de ellos.

Así, en Jesús Resucitado se hace posible una “vida nueva” (Romanos VI, 4), que difiere totalmente de la que uno ha tenido antes de conocer  y de estar con Jesucristo. El encuentro “cara a cara” que tenemos el día de nuestra Primera Comunión es inolvidable porque se inicia una etapa totalmente nueva en nuestro corazón porque a él viene Jesús. ¡Viene para quedarse junto a nosotros! ¡Viene para iluminarnos! ¡Viene para fortalecernos!
Más de alguna vez, cuando hemos dejado de comer durante mucho tiempo experimentamos la debilidad de nuestro cuerpo, y en ocasiones, hasta se oscurece la vista al momento de desmayarse de hambre. Algo semejante acontece con nuestra alma cuando no se alimenta de Jesucristo el “Pan de vida”. Por ello, es necesario seguir lo que nuestra Iglesia nos manda respecto a comulgar frecuentemente: participando de manera “consiente, activa, puntual,  y piadosa” en la Santa Misa en el Día del Señor y en las fiestas de guardar, limpiando con regularidad nuestro corazón con el sacramento de la confesión, y con el debido ayuno eucarístico que  implica no comer nada una hora antes de comulgar, lo que disciplina el corazón. Un antiguo Obispo de la Iglesia se preguntaba sobre los efectos del ayuno, y respondía: “expulsa a los demonios, libra de los malos pensamientos, alegra la mente y purifica el corazón” (San Atanasio).
Cercanos al inicio del Año de la Misericordia nuestra mirada se detiene en el llamado que nos hace el Romano Pontífice en orden a vivir intensamente las obras de misericordia  espirituales y corporales en la Iglesia y en el  mudo, teniendo presente que no podemos ser plenamente misericordiosos si acaso no participamos frecuentemente de la Sagrada Comunión, la cual,  lejos de ser un premio a quien lo recibe,  implica más bien, un mayor compromiso en vistas a dar a conocer a Jesucristo como la Verdad, el Camino y la Vida.
Jesús viene por primera vez a cada uno de ustedes, pero –también- a través de vuestra fe quiere llegar a quienes están llamados a conocerle, a cuantos están invitados a retornar a la plena comunión, a quienes llama a una vida nueva donde el distintivo de la sociedad sea el amor a Dios sobre todas las cosas, y el amor al prójimo tal como Nuestro Señor nos ha amado.
Que nuestra Madre Santísima les obtenga la gracia necesaria para ser fieles a Jesús todos los días de vuestra vida  ¡Viva Cristo Rey!
            
      Misa Padre Jaime Herrera                 Jaime Herrera Sacerdote Valparaíso               Diócesis de Valparaíso Chile

            
       PADRE JAIME HERRERA               SACERDOTE JAIME HERRERA         PARROQUIA PUERTO CLARO







lunes, 14 de diciembre de 2015

Esposos para ser felices y santos

T HOMILÍA MATRIMONIO RIETOURD  & PEREYRA / NOVIEMBRE 2015


1.      “Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad” (Daniel XII, 1-3).
Cuando emprendemos un viaje, con frecuencia nos preocupamos de los más mínimos detalles que puede implicar: la distancia, la salud, los recursos, el medio de movilización, el número de los integrantes. De todos estos factores depende el lugar hacia donde partiremos.
La celebración del Santo Matrimonio es como un viaje. Se han preparado de manera remota e inmediata, en verdad, desde el sacramento del bautismo que tempranamente recibieron, y a lo largo de toda la vida se han ido preparando para llegar a este día. No es un acto fruto del instinto egoísta, ni del simple deseo que un día está presente y a la jornada siguiente es ausencia y nostalgia; mucho menos es un acto fruto del ciego azar, cuya realidad deja gélida cualquier esperanza.
Dios inscribió en el hombre y la mujer una vocación al matrimonio que implica una dimensión de complementariedad que va más allá de la simple convivencia, pues,  es un acto que conscientemente se asume, mediante el cual mutuamente se donan de manera exclusiva y perpetua, en un estilo de vida donde sólo puede existir futuro si acaso está presente el rostro de quien es el ser amado.
El camino que Dios les pide recorrer tiene un rostro, tiene una mirada, tiene una voz. Desde el instante que se conocieron  de algún modo ya optaron por unirse en santo matrimonio. Hubo algo distinto, totalmente nuevo, diferente que el alma descubrió, casi diríamos “instantáneamente” por lo cual hicieron lo humanamente imposible para conquistar el corazón de quien en unos instantes dirá “si acepto”.
Probablemente, al inicio debieron vencer temores, dudas, y largas divagaciones, las cuales impedían que el corazón hablase con la claridad que anhelaban, todo lo cual, con el paso del tiempo,  fue haciéndose más expedito, toda vez que el lenguaje del mutuo amor les iba resultando crecientemente accesible. Es cierto que el tiempo sana las heridas, pero también permite que al amor despliegue las raíces firmes en el corazón.
Y, hubo voces de familiares y amistades, que con sano interés evidenciaban las fortalezas y debilidades. Muchas veces el camino que Dios nos propone pasa por un tiempo de desierto, donde todo parece tan incierto como evidente a la vez al interior de nuestra alma. Por esto, la mutua opción  tuvo como protagonista decisiva la Palabra del Señor reconocida en la oración. Más allá de la riqueza de vuestras conversaciones a solas, es indudable que Jesucristo no ha guardado silencio al momento de alentar vuestra determinación de contraer el santo Matrimonio en este día.  
En este caminar juntos que inician, nunca más marcharán solos. Indudablemente, estará el Señor con ustedes, no como el peregrino que viene por un instante a “acompañarlos” sino como el huésped que ha venido para quedarse y ser protagonista en el extenso viaje de una vida en común.
A partir de esta tarde, ya no se tratará de “lo que me pasa”, ni de “lo que te pasa”, ahora todo será en plural: ¡aquello que nos pasa!, en todo lo cual no es algo estrictamente bilateral sino tripartito, diríamos según la  nomenclatura  diplomática. En efecto, la presencia de Jesucristo es determinante cuando queremos avanzar en la vida: lo fue para Simón Pedro que mientras se hundía en medio las aguas turbulentas de la desconfianza mar adentro clamó ¡Sálvame, Señor!; lo fue para los nostálgicos peregrinos de Emaús, que tristes caminaban hacia su ciudad natal porque “ya nada ha pasado”.
El encuentro con Jesús es siempre decisivo, más aun si tiene ocasión con el inicio de una nueva vida como es la que acontece al recibir hoy el sacramento del matrimonio. Ya no son dos; ya no reciben separadamente la bendición del Señor; ya no caminan solos por la vida: entonces, porque  el Autor de la Vida camina en vuestras almas,  es que son uno solo.
Así lo dice la Escritura: “Por eso dejará el hombre a su padre y a madre, se unirá a su mujer, y ya no serán dos sino uno solo”. La misma liturgia, que es la celebración viva de lo que se cree nos lo muestra cuando los novios han ingresado separadamente al templo, y al culminar la celebración,  gozosos egresan del templo tomados de la mano para indicar que realmente, desde el mutuo consentimiento son una sola alma y un solo cuerpo  benditos por Dios.
2.      “Me enseñarás el camino de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre” (Salmo XVI, 5.8-11).
Uno viaja no sólo para conocer nuevos lugares y tener inéditas experiencias. Uno viaja para “pasarlo bien”, es decir, “para ser feliz”. Esta primera dimensión del sentido de una vida matrimonial debe ser rubricada en nuestro tiempo, donde la vorágine exacerbada del activismo y la productividad muchas veces terminan mutilando la vida matrimonial,  limitándola a un simple  “permanecer juntos”, a un “poseer cosas juntos”, a un “proyectarse juntos”, pero no siempre,  a un ser realmente felices juntos. Nunca el tener puede estar sobre el ser, también esto es aplicable al plano de la mutua felicidad como esposos.
Hermanos: La felicidad no es un disfraz que se puede arrendar por un tiempo determinado; ni es una vestimenta que se prueba y tiene ticket de recambio. En el bautismo ambos se “revistieron de Cristo” de una vez para siempre, como hijos de Dios asumen este camino mutuo como el único viable para ser plenamente felices. Ambos apuestan por una vida unida para siempre, como hermosamente lo hace presente sintéticamente la fórmula del mutuo consentimiento que ratificarán: “prometo serte fiel, en lo favorable y adverso, con salud o enfermada, para así amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
3.      “Mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (San Pablo a los Hebreos X, 14).
La Segunda lectura de ese día, nos recuerda el llamado universal a la santidad. Hacia  allá vamos. El camino de todos los consagrados bautismalmente, es a buscar la perfección según el querer de Dios: ¡Dios lo quiere! ¡Dios quiere matrimonios santos! ¡Dios quiere esposos jóvenes que sean santos! Se casan hoy para alcanzar la santidad, porque han descubierto que este es el camino para llevar más fácil, rápida y perfectamente a la Bienaventuranza eterna.
Para vencer el calor y cansancio del camino que inician Jesucristo los invita a nutrirse del Pan que vitaliza y la Vid que fortalece, en la Santísima Eucaristía. Si asumimos que el matrimonio es una senda de mutua perfección, que suele incluir múltiples dificultades donde “la vida no es fácil”, y si acaso a ello le sumamos que socialmente no es moda estar casados por la Iglesia, entonces: ¿Cómo se puede alcanzar una vida perfecta como matrimonio hoy?
La respuesta es que humanamente es imposible, mas  con la ayuda de Dios si lo es. Por ello, los esposos deben procurar ser en todo momento veraces intérpretes del amor de Dios, fidedignos espejos donde se refleje la bondad, la misericordia, y la verdad, de un Dios que ha querido tomar parte de nuestra vida de manera plena desde que “el Verbo de Dios de hizo carne y habitó en medio nuestro”.
Es así –entonces- que, en torno a una mesa nuestro Señor Jesús realizó grandes prodigios. Al inicio de sus milagros en Caná de Galilea bendijo a una pareja de novios. Como entonces, en nuestros días,  un buen vino es ocasión para brindar, para animar el corazón…cuando se consume razonablemente, tal como esperamos ha de ser en unas horas más. Si ya lo dice la Escritura: “El vino alegra el corazón de hombre”.
En torno a una mesa el Señor celebró la Institución de la Santísima Eucaristía, ocasión donde previamente nos dio el mandato de la caridad fraterna. Dicho precepto no viene a limitar nuestra libertad sino a darle su más perfecto sentido toda vez que Cristo no es el rival de la libertad humana sino su principal garante. Desde esta realidad, la vida del hombre y la mujer unidos en matrimonio se ve fortalecida porque está fundada sobre los preceptos establecidos por Dios mismo, que son inmodificables por el arbitrio del hombre en cuanto fueron escritos por el mismo Dios, que no borra con el codo lo que escribe con su mano.
Él hace que la vida familiar sea familiar; Él hace que la vida familiar sea una constante donación, ÉL hace que los esposos sean tan santos como felices a la vez. Amén.

Padre Jaime Herrera González / Cura Párroco de Puerto Claro / Valparaíso / Chile.
 
        PADRE JAIME HERRERA GONZÁLEZ VIÑA


viernes, 30 de octubre de 2015

¿Qué podemos hacer ante la muerte de un ser querido con los niños?



“Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios” (San Agustín de Hipona).


La verdad siempre se debe decir: El niño debe comprender lo que se le está diciendo. No temer usar la palabra “muerte”, con la salvedad de acompañarla  con el deseo de tenerle siempre presente, que se le va a recordar agradecidamente pues,  junto a él se pasaba gratamente.

Mensaje adaptado a la edad: Teniendo presente que no todos los niños maduran igualmente a determinada edad. Los niños si preguntan deben obtener una respuesta segura y clara respecto de lo que significa la muerte.

No usar muchas metáforas: Para una familia creyente la explicación que el fallecido “está en cielo” puede ser eficaz, pero para aquel pequeño que no tiene una sólida formación religiosa puede parecerle que el ser querido va de viaje. Actualmente, un niño desde los seis o siete años sabe lo que es la muerte porque constantemente la encuentra anunciada en los diversos medios de comunicación. Los padres de familia deben hablar de la trascendencia del alma humana para que los niños comprenden mejor el misterio de la muerte de un ser querido, particularmente aquella que es inesperada.

Dar un mensaje oportuno: Sin prisa indebida  ni tardanza impropia es necesario dar a conocer la noticia de la muerte de un ser querido, para ello, es conveniente rezar a Dios para que le conceda, a los padres de familia,  la gracia de encontrar las palabras más oportunas.


A nadie bendice más Dios, que al padre y madre de familia en orden a iluminar a sus hijos con la fe y fortalecerlos en la práctica de las virtudes.

Como padres tengan certeza en que Dios les apoyará en todo momento y en cada palabra.

En el Cielo es tan grande la felicidad que sólo eso puede llenar el corazón de quien  llega a él. Nada más podemos aspirar nada mayor podemos obtener que estar con Dios para siempre.

No temer expresar dolor ante la muerte: Jesús lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre. Quiso con ello dar ejemplo de acompañar el sufrimiento que se tiene ante la partida de un ser querido, en todo momento debe estar acompañado del anuncio de la resurrección definitiva. El hombre está llamado a la vida, porque en Jesús tomos viviremos. Si un niño llora ni impedírselo, tampoco callar en familia el asunto de la muerte de un ser querido porque el niño puede entender que eso es algo malo que los coloca tristes. Si el niño se da cuenta de la tristeza y silencio de los adultos entonces debe saber cuál es la razón de ello.

Estar cerca de los niños en esos días: No aislar al niño ni hacerle pensar que nada ha sucedido. Es necesario vivir el duelo en familia. No buscar distraer a los niños sino más bien enseñarles a vivir la tristeza desde la fe, la cercanía y el cariño.

Participación de los niños en litúrgicas de despedida: Es conveniente que los niños  creyentes participen en los oficios religiosos, pues su oración es grata a los oídos de Dios y siempre los escucha. Que lleve una flor como regalo o un cirio como signo de recuerdo, que sepa que se le toma en serio su presencia en cada Santa Misa y ceremonia.

Debemos recordar que los primeros en reconocer a Jesús fueron los niños en Jerusalén, por lo que también, ellos no dejarán de reconocer el camino de la muerte de un ser querido como el regreso de cada uno hacia Dios para siempre.

“La vida fue dada para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo, la eternidad para poseerlo” (San Alberto Hurtado Cruchaga).



Padre Jaime Herrera González
Capellán  Saint  Peter’s School